PARTE I
Linda
idea la de hacer la peña acá, a la
orilla del río. Pareciera que la gente se acercara y se soltara más. Creo que
si la hacían en ese tinglado de siempre, que en enero se convierte en un horno, ni me hubiera aparecido.
Después
de unos años viviendo por estos lados, todos nos conocemos en las peñas, y por
más que esta zona esté creciendo, no deja de ser un pueblo todavía. Una sabe
quién es el de acá, el de Córdoba o el porteño. Pero en este nuevo escenario se
me escapaban algunos detalles, parecía haber más gente que en años anteriores.
Más piberío y menos vejestorio; parejitas de la mano que iban a amarse detrás
de alguna piedra, mientras sonaba una zamba al mejor estilo chalchalero.
Como
era de esperar, los hombres estaban algo tímidos a la hora de bailar, por lo
menos al comienzo. Me refiero a los mayorcitos, necesitan estar medios en pedo
para arrancar. Los pibes, en cambio, te sacan sin rodeos. Pero se hacen la
cabeza de que se van a acostar con una una veterana. Se piensan que por una tener
unos años más, les va a ser más fácil, que van corren con ventaja y que
necesariamente nos va a atraer sobremanera la carne fresca. Es al vicio, en
general les sale todo al revés. Si es para una noche, o no les funciona (dicen
que algunos pendejos se mandan una pastilla azulada) o terminan de inmediato cuando una todavía
está más seca que una nuez; y si es para un affaire, se terminan enamorando y
hasta te quieren presentar con los padres, un horror. Hay excepciones, no de
veinte años, quizá de treinta, no he tenido la “suerte”; todavía.
Yo estaba algo excitada con el cambio de escenario,
la noche hermosa, y el efecto - mejor dicho “afecto” - de unas flores exquisitas que había traído
mi hijo de Uruguay. A él le pegó para quietud casera, a mí para baile en el
río.
-
Hola
señor, ¿me saca a bailar? – le pregunté a un desconocido que estaba parado en
la barra.
-
Como
no, pero debe usted saber que soy mejor conversando que bailando – contestó caballerosamente.
-
Después
me invita una copa entonces, y en todo caso yo le diré en que es usted mejor.
Evidentemente no era un gran bailarín, tampoco un patadura. Su forma de
bailar, me hizo acordar a la de los músicos: los pasos totalmente a tiempo,
pero los movimientos algo tiesos. De todos modos sabía lo que tenía que saber:
miraba a los ojos y no a los pies, gesticulaba naturalmente sin forzar la
seducción, y sobre todo, sentía la zamba.
Corrés
con ventaja cuando tenés una idea de como bailar, sobre todo en una peña. Todas
lo sabemos (parece que ellos, no) Si también sabes entablar una conversación,
se podría decir que contás con importantes armas para el arte de la seducción.
Si sos pibito, tomá el consejo. Aprendé a bailar un tango, una chaca, una
zamba. Lee un libro cada tanto, aunque no te interese en demasía. Es como dice
Dolina, no lo recuerdo textual, pero él se refiere a que hay que incentivar a
los pibes a leer para poder chamuyar mejor. Algo de cierto hay en eso, por lo
menos te sirve para armar una cáscara. Después si lo que hay dentro de la cáscara
de naranja sabe a mierda, es otro tema. Necesito el beneficio de la duda para
empezar (como mínimo)
-
Usted
es toda una bailarina.
-
Y
usted es todo un valiente.
Después de los halagos, el grupo
toca un escondido, él me dice que no sabe bailarlo, entonces le sugiero que
vayamos a tomar algo. Cerveza para mí, fernet para él.
Comenzó a halagar mi aparente
juventud y la belleza de mis ojos. Lugares comunes, pensé, de todas formas no
estaba mal para comenzar. Luego me sorprendió adulando el sonido de mi voz, no
recuerdo que alguien me haya dicho eso. Me dijo que mi manera de hablar y mi
voz le recordaban a una suave briza de verano. Encantador, ¿No? Me robó una
sentida sonrisa con ese piropo. Pensé que era más bien del tipo “Macho” que no
soltaría una sutileza de tal calibre ni exprimiéndole los sesos. A veces, los
que parecen duros son los más sensibles.
Es cierto que era mejor hablando que
bailando, no se lo dije. La intención
tampoco es inflarle el ego al hombre, se corre el riesgo de que el
exceso de confianza estropee la situación. Hay que ayudarlos un poquito,
incluso a los que no parecen necesitarlo, como era el caso. Me gusta que todo resulte
lo más delicado posible.
Sonaba un vals criollo, sería lindo
que él me tomara de la cintura. Por suerte leyó mi mente, nos concentrábamos en
sentir el cuerpo del otro, como una iguana siente al sol.
Tomamos, hablamos y bailamos;
repetimos esta secuencia, sobre todo los dos primeros pasos. Como dicen mis
hijos: “pegamos onda mal”. Pero a diferencia de cómo hacen ellos, no chapamos en frente de todos sin importarnos
nada. No sé por qué de grande uno abandona estos modos, por mí estaría bien…
Las bandas dejaban de tocar, los
grillos y las ranas bajaban sus decibeles también, la oscuridad empezaba a
disgregarse junto con la gente.
Me preguntó en que andaba yo, me
dijo que él estaba en auto y que podíamos ir a dónde quiera, aunque en unas
horas debía regresar a Córdoba. Sugerí que podía alcanzarme a lo de un amiga en
Alta Gracia, le queda de paso camino a Córdoba, pensé.
Veníamos por la ruta arriba de un
doce. Sí, manejaba un Renault, no era cualquier doce. No estaba impecable como
lo tienen esos viejos sesentones que parece que lo hubieran comprado ayer;
tampoco era de esos blancos, algo oxidado y atestado de bártulos, como los que
tienen los albañiles; era de un negro opaco, como esas piedras desgastadas por
el agua, por su interior, parecía un modelo bastante viejo…
-
¿Venimos
haciendo carreritas con el amanecer? – le pregunté irónicamente
-
Ah
perdón, si es por la velocidad, ahora bajo un poco – dijo sonriéndose.
-
Mirá
que la caminera anda por todas partes…
-
Sí,
tenés razón.
Dicho
y hecho. Pasamos una renoleta en doble
línea amarilla, la conducía una vieja a no más de 60km por hora, yo hubiera
hecho lo mismo. La caminera estaba agazapada y bien disimulada detrás de un
paraje. Lo habían visto todo, supimos después.
-
Mirá
dónde estaban estos tipos…- dijo él consternado.
-
Sí,
tienen sus artimañas, capaz no nos vieron y nos paran sólo para control.
-
Ojalá.
-
Carnet
de conducir y tarjeta verde, por favor. – dijo uno de los policías.
-
Sí,
acá tiene – contestó él con una fingida naturalidad displicente.
Luego
de retirar los permisos, se los llevó al otro policía que estaba más cerca del
móvil. Se tomaron su tiempo. Si ya habían visto la maniobra, no entiendo por
qué no nos lo anunciaban en un primer momento. Pareciera ser que les encanta el
suspenso, necesitan hacer valer su trabajo de alguna forma, ya que hasta ellos
seguramente dudan del mismo. Y si no habían visto la maniobra, ¿tanto nos iba
hacer esperar para control?
Ahora
volvía el mismo oficial con los documentos y con una cara de obviedad que
anticipaba lo que iba a decir…
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