sábado, 1 de febrero de 2014

Meandros


PARTE I




Linda idea la de hacer la peña acá,  a la orilla del río. Pareciera que la gente se acercara y se soltara más. Creo que si la hacían en ese tinglado de siempre, que en enero se convierte en un  horno, ni me hubiera aparecido.
Después de unos años viviendo por estos lados, todos nos conocemos en las peñas, y por más que esta zona esté creciendo, no deja de ser un pueblo todavía. Una sabe quién es el de acá, el de Córdoba o el porteño. Pero en este nuevo escenario se me escapaban algunos detalles, parecía haber más gente que en años anteriores. Más piberío y menos vejestorio; parejitas de la mano que iban a amarse detrás de alguna piedra, mientras sonaba una zamba al mejor estilo chalchalero.
Como era de esperar, los hombres estaban algo tímidos a la hora de bailar, por lo menos al comienzo. Me refiero a los mayorcitos, necesitan estar medios en pedo para arrancar. Los pibes, en cambio, te sacan sin rodeos. Pero se hacen la cabeza de que se van a acostar con una una veterana. Se piensan que por una tener unos años más, les va a ser más fácil, que van corren con ventaja y que necesariamente nos va a atraer sobremanera la carne fresca. Es al vicio, en general les sale todo al revés. Si es para una noche, o no les funciona (dicen que algunos pendejos se mandan una pastilla azulada)  o terminan de inmediato cuando una todavía está más seca que una nuez; y si es para un affaire, se terminan enamorando y hasta te quieren presentar con los padres, un horror. Hay excepciones, no de veinte años, quizá de treinta, no he tenido la “suerte”; todavía.
 Yo estaba algo excitada con el cambio de escenario, la noche hermosa, y el efecto - mejor dicho “afecto”  - de unas flores exquisitas que había traído mi hijo de Uruguay. A él le pegó para quietud casera, a mí para baile en el río.

-                       Hola señor, ¿me saca a bailar? – le pregunté a un desconocido que estaba parado en la      barra.
-                       Como no, pero debe usted saber que soy mejor conversando que bailando – contestó caballerosamente.
-                       Después me invita una copa entonces, y en todo caso yo le diré en que es usted mejor.

   Evidentemente no era un gran bailarín, tampoco un patadura. Su forma de bailar, me hizo acordar a la de los músicos: los pasos totalmente a tiempo, pero los movimientos algo tiesos. De todos modos sabía lo que tenía que saber: miraba a los ojos y no a los pies, gesticulaba naturalmente sin forzar la seducción, y sobre todo, sentía la zamba.
Corrés con ventaja cuando tenés una idea de como bailar, sobre todo en una peña. Todas lo sabemos (parece que ellos, no) Si también sabes entablar una conversación, se podría decir que contás con importantes armas para el arte de la seducción. Si sos pibito, tomá el consejo. Aprendé a bailar un tango, una chaca, una zamba. Lee un libro cada tanto, aunque no te interese en demasía. Es como dice Dolina, no lo recuerdo textual, pero él se refiere a que hay que incentivar a los pibes a leer para poder chamuyar mejor. Algo de cierto hay en eso, por lo menos te sirve para armar una cáscara. Después si lo que hay dentro de la cáscara de naranja sabe a mierda, es otro tema. Necesito el beneficio de la duda para empezar (como mínimo)

-                       Usted es toda una bailarina.
-                       Y usted es todo un valiente.

Después de los halagos, el grupo toca un escondido, él me dice que no sabe bailarlo, entonces le sugiero que vayamos a tomar algo. Cerveza para mí, fernet para él.
Comenzó a halagar mi aparente juventud y la belleza de mis ojos. Lugares comunes, pensé, de todas formas no estaba mal para comenzar. Luego me sorprendió adulando el sonido de mi voz, no recuerdo que alguien me haya dicho eso. Me dijo que mi manera de hablar y mi voz le recordaban a una suave briza de verano. Encantador, ¿No? Me robó una sentida sonrisa con ese piropo. Pensé que era más bien del tipo “Macho” que no soltaría una sutileza de tal calibre ni exprimiéndole los sesos. A veces, los que parecen duros son los más sensibles.
Es cierto que era mejor hablando que bailando, no se lo dije. La intención  tampoco es inflarle el ego al hombre, se corre el riesgo de que el exceso de confianza estropee la situación. Hay que ayudarlos un poquito, incluso a los que no parecen necesitarlo, como era el caso. Me gusta que todo resulte lo más delicado posible.
Sonaba un vals criollo, sería lindo que él me tomara de la cintura. Por suerte leyó mi mente, nos concentrábamos en sentir el cuerpo del otro, como una iguana siente al sol.
Tomamos, hablamos y bailamos; repetimos esta secuencia, sobre todo los dos primeros pasos. Como dicen mis hijos: “pegamos onda mal”. Pero a diferencia de cómo hacen ellos, no  chapamos en frente de todos sin importarnos nada. No sé por qué de grande uno abandona estos modos, por mí estaría bien…

Las bandas dejaban de tocar, los grillos y las ranas bajaban sus decibeles también, la oscuridad empezaba a disgregarse junto con la gente.
Me preguntó en que andaba yo, me dijo que él estaba en auto y que podíamos ir a dónde quiera, aunque en unas horas debía regresar a Córdoba. Sugerí que podía alcanzarme a lo de un amiga en Alta Gracia, le queda de paso camino a Córdoba, pensé.
Veníamos por la ruta arriba de un doce. Sí, manejaba un Renault, no era cualquier doce. No estaba impecable como lo tienen esos viejos sesentones que parece que lo hubieran comprado ayer; tampoco era de esos blancos, algo oxidado y atestado de bártulos, como los que tienen los albañiles; era de un negro opaco, como esas piedras desgastadas por el agua, por su interior, parecía un modelo bastante viejo…

-                       ¿Venimos haciendo carreritas con el amanecer? – le pregunté irónicamente
-                       Ah perdón, si es por la velocidad, ahora bajo un poco – dijo sonriéndose.
-                       Mirá que la caminera anda por todas partes…
-                       Sí, tenés razón.

Dicho y hecho.  Pasamos una renoleta en doble línea amarilla, la conducía una vieja a no más de 60km por hora, yo hubiera hecho lo mismo. La caminera estaba agazapada y bien disimulada detrás de un paraje. Lo habían visto todo, supimos después.

-                       Mirá dónde estaban estos tipos…- dijo él consternado.
-                       Sí, tienen sus artimañas, capaz no nos vieron y nos paran sólo para control.
-                       Ojalá.
-                       Carnet de conducir y tarjeta verde, por favor. – dijo uno de los policías.
-                       Sí, acá tiene – contestó él con una fingida naturalidad displicente.

Luego de retirar los permisos, se los llevó al otro policía que estaba más cerca del móvil. Se tomaron su tiempo. Si ya habían visto la maniobra, no entiendo por qué no nos lo anunciaban en un primer momento. Pareciera ser que les encanta el suspenso, necesitan hacer valer su trabajo de alguna forma, ya que hasta ellos seguramente dudan del mismo. Y si no habían visto la maniobra, ¿tanto nos iba hacer esperar para control?
Ahora volvía el mismo oficial con los documentos y con una cara de obviedad que anticipaba lo que iba a decir…
 

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