Una tarde, me fui hasta Los Espinillos a hacer un par
de compras. Esta vez, decidí ir en la yegua (era la única forma de montar una) No la ensillé, solo puse una manta suelta en
su lomo. Los Espinillos no queda muy lejos, podía aguantarme sin silla y, por
otro lado, siempre me gustó montar de esa forma. Así aprendí de chico:
cagándome a golpes. En las domas, por algo se monta menos segundos en la
categoría crina limpia que en la gurupa surera. Es decir, si aprendiste a
galopar a crina, ya está. En realidad no se mucho de caballos, ni de sus
diferentes razas o especies. Me gustan y no mas se montarlos (igual me pasa con
las mujeres)
Es increíble cuando andas de esa manera, como se siente el rose del cuerpo del caballo
en el entre piernas de uno. Para una mujer sería casi como una masturbación
espontánea, imagino.
A la vuelta, llegamos muy acalorados los dos. La solté
en el rio para que se refresque. Se inclinó a beber y a mojarse un poco. Es
sorprendente el parecido con la figura femenina: las ancas-los muslos; las
patas-las piernas…Ya sé, es una obviedad, por algo se le grita yegua a ciertas
mujeres, pero nunca lo había confirmado por mí mismo…
La iguana a dos metros de mis pies. Mientras tomaba
unos amargos le tiraba pedacitos de pan
como si fuera un perro de la casa. Me pregunto si se animaría a entrar estando
ya tan cerca y la puerta entre abierta. Parece que no.
Esa noche no pude pegar un ojo. Estuve dando vueltas y
vueltas en las sábanas y no hacía otra cosa más que armar la carpa. Así pasé
casi toda la semana. Iba a explotar si seguía así. Entonces, en uno de esas
siestas insoportables de marzo, pensé y
entendí el amor entre los campesinos y los animales. Las historias de los
hombres con las ovejas, con las cabras. ¿Por qué elegían a una oveja para
descargar antes que a una yegua? Me parece mucho más interesante hacerlo con la
segunda, en principio. Pasa que claro, a una oveja uno la puede violar, no
existen problemas de fuerza y altura. En cambio una yegua - saltando el paso de
lo difícil que es quedar a la altura de la cola - te llega a dar de lleno con
una sola de sus patas, te puede dejar sin bolas, o directamente sin aliento.
Luego de pensar esto, la noche se hizo insoportable.
No tenía otra cosa en la cabeza: montar a
la yegua. Se me ocurrió que quizá en algún lado podría encontrar
tranquilizantes para caballos, de esa manera sería todo más fácil. Busqué por
todos lados de la casa. Lo único que encontré fueron miles de drogas para
humanos: ibuprofeno, aspirina, decidex, omeprazol, amoxidal…rivotril. Mucho
rivotril, había. Parece que ni en las sierras se relaja la gente. Si no mal
recuerdo, ésta última droga, la usan mucho como relajante para dormir. Quizá si
subía la dosis en un animal de más kilos, podría ayudarme con mi plan. De hecho
siempre prueban las drogas en animales antes que en humanos. Tan mal no podía
salir.
Eran pastillas de un miligramo. Calcule cuatro para un
animal como ella. La fui a buscar cuando ya estaba amaneciendo, le puse el
bozal para separarla de los caballos, la traje cerca de una pirca y le di las
pastillas camufladas en azúcar. Siempre estuvo tranquila, incluso antes de las
drogas, como si supiera lo que iba a ocurrir. La miré a los ojos (ya se le
empezaban a deformar) y le acaricié una mejilla. Luego de esto perdí todo miedo
que pudiera tener en relación a si podría darme una patada. Me subí en la mitad
de la pirca. Apenas puse mis manos en sus muslos (o ancas) me puse duro como las piedras que
me sostenían los pies. Con una de ellas le agarré el rabo (que hermoso sería
que las minas tengan rabo, y sostenerlas desde ahí y manejarlas a puro antojo
mientras uno les da desde atrás), necesitaba despejar el camino para entrar. El
trayecto era ancho y cómodo como la autopista a Carlos Paz. Pero no por esto me
iba a dejar de excitar, todo lo contrario, ya estaba en el baile y, más allá de que me entraba bailando,
estaba gozando como nunca. Cuando me acercaba al final comenzó a caer una
lluvia torrencial cuan película romántica. Duró tanto como mi orgasmo y
enseguida salió el sol. Me solté de ella y me dirigí a la casa. Antes, le eché
una mirada, sus ojos estaban todavía desorbitados. Pero sus reflejos volvían,
pensé, ya que enseguida se inclinó a comer la gramilla húmeda. Seguí en paz
hasta la galería. La puerta estaba entreabierta, del lado de afuera se veía la
mitad la cola de la iguana.