sábado, 14 de diciembre de 2013

Un triángulo para cuatro bolas

PARTE III


Si usted se encuentra por primera vez en el blog, puede leer este capítulo en cualquier orden sin que se altere el sentido general de su comprensión.



No lo soporto a mi viejo. No sé si es que estoy resolviendo el Edipo o qué, pero ya no lo soporto más. Igual que a todo el resto de la familia; me tendría que ir a la mierda de acá. De qué sirve pasar las vacaciones en un inmenso parque en dónde no te ves con nadie. Por más paradisiaco que sea el lugar, por mas caballos que tenga,  pileta y cancha de tennis para jugar sólo con familiares. No tiene gracia, prefiero que me compren un terrenito en Villa Ciudad Parque, así me hago una casa ecológica para llenarla de hippies y flores.

¿Para qué me cuenta estas cosas? ¿Qué carajo puede importarme a mí una pelea que tuvo jugando al pool con el tipo que vino a trabajar acá? Encima denigrando a la gente, tratándolos de negros, de estafadores. Me revienta cuando se cree más que  otras personas. Que puede hablar él de estafa, que vive a costa de los demás, paga sueldos miserables  y se la pasa comprando tierras todo el tiempo para llenarlas de soja. Aparte ya lo he visto alguna vez en ése pool, apostándole un whisky a los serranos borrachos…patético. Mal no le venía la lección, tuvo suerte y la sacó barata. Aunque si ligaba una buena paliza, no hubiera estado de más.
Mejor lección sería – quizá - contarle que la noche anterior a su peleíta, me lo garché al tipo este. Ése que según él, lo quiso estafar. Se querría matar. Ya que, seguramente, esto ensuciaría su apellido, su casta, su prestigioso linaje.
No creo que yo haga éstas cosas sólo para molestarlo, digo, porque ni siquiera se las cuento, ni a él ni nadie. Simplemente me  excita garchar con chongos que no tengan nada que ver conmigo, que no sean de éstos círculos de doble apellido, tipos de verdad. Y me encanta hacerles creer que me  llevan a la cama porque tienen el doble de mi edad; que  me convencen porque  se la saben todas; que  me calientan sus poses y actitudes de macho alfa, y que esto les da derecho a hacerme cualquier cosa durante el sexo; claro que no.  
  Si bien este personaje no era como  cualquier otro con el que me acosté, respondía a ciertos patrones comunes que tienen todos los hombres, o al menos la mayoría. Por ejemplo en la cama, el tipo me había dado un buen rato y yo ya había acabado varias veces, pero se ve que él no podía. “Porque no me la chupás así termino”, me dijo casi ordenándome, el muy machito. “Dale y, ¿querés que te la trague también? No te la voy a chupar, ni te conozco, pero si querés te puedo meter un dedo en el culo, o los que quieras”, le contesté. Boquiabierto se quedó, como tratando de masticar una puteada que se tragó por no escupir.

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