sábado, 16 de noviembre de 2013

Un triángulo para cuatro bolas


En el primer capítulo de "el tipo", dividido en tres partes,  los personajes arman una suerte de trilogía, haciendo  foco sobre una misma historia que los tiene como protagonistas.


 PARTE I

Cuando tengo una changa a la mañana, no me zarpo en alcohol; como dije antes, sólo una ginebrita como desayuno. Y, hablando de changas, la del fin de semana no me la olvido tan rápido. Me llamó un ricachón que tiene un caserón en una estancia,  cerca del lago Los Molinos. No sé quién carajo le había pasado mi número; le habían dicho que yo era de los pocos que sabían trabajar el estucado, lo cual es cierto. Era un laburo de dos días, poniéndole ganas. El domingo lo terminé, y después de cobrar me fui a tomar unas birras al único boliche del pueblo. Tuve la suerte de ver un par de lindos culos entre tantas caras de borrachos serranos.
Me estaba yendo y, en eso, veo la cara del gringo ricachón que me hace un guiño para hacer una partida de pool.
-          Ya me iba patrón.
-          Si me ganás un partido te doy el doble de lo que te pagué esta tarde
-          Si insiste…
Bueno, dos luquitas por jugar un rato con un gil de éstos no se las rechaza así como así, pensé.
  Comenzamos a jugar y, como se me hizo el desafiante, me dieron ganas de divertirme un rato con él, no tantas como las que tuve para divertirme con su hijita, si supiera.
Lo dejé ganar fácil el primer partido; él no sabía con qué nivel de jugador se estaba enfrentando, así que necesitaba darle confianza. Después de una gastada, me ofreció revancha y le dejé ganar de nuevo, pero ajustadísimo.
-          Menos mal que yo no aposté nada a mi favor ¿no?
-          Usted es muy bueno jefe
-          No, tuve suerte nomás. Estuvo muy peleado y estuviste cerca, así que te voy a dar una partida más. Pero ésta vez, si no ganás, pagás mi whisky.
-          Como no patrón, es lo menos que puedo hacer

A ésa altura de la noche, sólo éramos el cantinero y nosotros dos. Ya tenía toda planeada mi dulce victoria, así que le pedí que me dejara reventar para darme alguna ventaja. Metí dos bolas apenas abrí, y no paré, una tras otra; sólo dejé la ocho, la cereza del postre. Él estaba boquiabierto, no entendía nada, le dejé un solo tiro que claro, no pudo aprovechar. Mientras pitaba una seca, le dije que vaya pelando los billetes y, segundos después, metí la negra de triple carambola.
-          ¡Ah, pero como me estafaste! No, en esta gente no se puede confiar nunca…
-          Yo no estafé a nadie. Pagáme la apuesta.
-          Que te voy a pagar si me engañaste fingiendo que no sabías jugar. Agredecé que te pagué por tu laburo… Y no te aparezcas más por acá.
-          Yo me aparezco por dónde quiero –le dije mientras le ponía el cogote contra la mesa–. Y si no me pagás, te haga comer todo el sintético  y te meto por el orto todas las bolas que te quedaron en la mesa.
-          ¡Epa epa, no quiero quilombos por acá! –dijo el cantinero mientras cargaba un 22–. Te vas cagando por dónde viniste,  matoncito.

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