PARTE I
Si bien cada capítulo puede entenderse por sí mismo, recomiendo leer el anterior (por lo menos la última parte) para seguir cierto hilo conductor que ahora se hace mas presente en la historia.
Ahora si estaba en el horno (como tantas otras veces):
debía más de cinco mil pesos. Los cargos iban desde adelanto en doble línea
amarilla hasta resistencia a la autoridad y falsa denuncia. Los debía porque el
oficial de la caminera que me paró en la ruta la otra vez, decidió resolver el asunto por la vía administrativa y no por
la judicial. Así lo explicaban las
cartas a documento que recibí. Vaya a saber si a la mina que venía conmigo la
habrán acusado de algo. Se me viene a la cabeza cuando nos dijo “revisen sus
correos”, el muy hijo de puta.
Según me informó un abogado amigo, el policía “desobedecido” puede optar
entre dos posibilidades para resolver un asunto similar al que me tenía: o avisar
al juzgado de la desobediencia si la considera de la suficiente gravedad como
para que pueda ser delito, o, limitarse a mandar un boletín de sanción para que
sea el gobierno el que proceda a sancionar al ciudadano supuestamente
infractor. Como ocurre en la mayoría de los casos, el oficial eligió
la segunda posibilidad. También me explicó mi amigo que, si yo quería acudir a
los tribunales luego de la decisión del oficial, debía pagar tasas judiciales
tan caras como el monto de las multas que ya corrían. El sistema me acorraló
como a tantos otros giles, a veces pasa cuando te salís del carril y alguien
está ahí para señalarlo. Por eso esta vez, me quedé en el molde.
Tuve que vender el doce. Era la única que me quedaba.
No voy a decir que amaba a ese auto y que me costó desprenderme de él. Serían puras
boludeces que a lo sumo podría decir alguien como mi viejo. Los autos te llevan
y te traen o dejan de hacerlo. Vale recordar: el doce cargaba con tres mil
pesos de multas que claro, nunca había pagado. Lo vendí a la mitad de su valor
para que el comprador se haga cargo de la deuda. Entonces los números no me
daban, necesitaba agarrar cualquier laburo, más que urgente. Si tenía que ir a
la Antártida a cuidar una tortuga, lo iba a hacer.
Pero no fui a parar donde comienza o termina nuestra
Tierra en busca del peso, en realidad, eso creí al principio. Surgió de agarrar
un laburo como casero en una estancia, por unos dos meses. Era en un pueblito
cerca de Los Reartes que se llama Golpe de Agua. Aunque sea tengo Villa Gral.
Belgrano a mano, pensé, y puedo emborracharme con la mejor cerveza de Córdoba
cuando me aburra. El tema es que en ese pueblito no deben habitar más de
treinta personas, el tema es que la estancia estaba entrando unos siete
kilómetros por la montaña, el tema es que yo estaba sin auto. Con el correr de
las semanas me sentí en el culo del mundo, de otra manera no hubiera hecho lo
que hice. No le hubiera dado las pastillas a la yegua, quizá me las hubiera
tomado yo.
Parece que mientras más verdes y vírgenes son los
lugares, mas en el culo del mundo están, o mejor dicho, así se siente uno. Ya
sea porque lo habitan dos personas, porque el aire es puro, o no hay estaciones
de servicios ni cajeros automáticos. Ni siquiera un festival de doma que
aglutine un poco de turistas.
De todos modos no estaba sólo. Me acompañaban dos
caballos y una yegua que – entre otras cosas – estaban a mi cargo.
Empecé el trabajo a mediados de febrero, las lluvias
parecían retirarse de a poco junto con los turistas. El clima no estaba mal y
había mucho por hacer. Así que los días pasaban relativamente rápidos. Al menos
los primeros quince.
Ya adaptado, comenzaba a acostumbrarme al nuevo ritmo
que me proponía el lugar, a una nueva paz y tranquilidad que hacía tiempo no
vivía. Los días, ahora eran más largos. No solo tenía tiempo de hacer mis
trabajos a pi acere, sino también de observar cada detalle en la vida de estas
montañas. No dejaba de sorprenderme, por ejemplo, la exactitud horaria con la
que comenzaban a romper las bolas los pájaros a la mañana (siempre mejor que
los mazazos de una obra en construcción al lado de tu casa), la
crecida del río Los Espinillos o el hediondo olor a meada de los zorrinos. Pero
sobre todo me llamaba la atención la confianza que iba a tomando día a día, una
iguana que pasaba cada vez más cerca de la entrada de la casa. Siempre de este
a oeste.
Cuando tenía ganas de pegarme un golpe visual de gente
y un golpe al estómago con cerveza alemana, ensillaba la yegua y me iba hasta
la ruta. La ataba por ahí y esperaba algún colectivo, o hacía dedo hasta la
Villa. Pero no podía hacerlo a cualquier hora o cualquier día, los bondis no
pasan después de las diez y la vuelta a dedo hasta la entrada a Golde de Agua,
no es la mejor garantía. Por otro lado, me daba cierto remordimiento o preocupación
dejar a la yegua tanto tiempo atada, ahí sola. Es una boludez, pero es lo que
sentía. Así que comencé a cambiarla por el caballo para mis viajes a la ruta.
Me daba menos remordimiento. A él ya le habían cortado las bolas, más no podría
sufrir.
Fines de marzo: las temperaturas se hacían más frías
por las mañanas y por las noches, no así la de mis genitales. Las erecciones no
eran las de siempre cuando amanecía: se me ponía dura y pesada como las viejas
cañerías de la casa, eso por fuera; por dentro, sentía mi esperma como un agua
termal suficiente para bañar a todos los cuerpos del pueblo.
La iguana pasaba diariamente, cada vez más cerca, a
solo metros de la galería. Se aparecía en busca de los restos de comida que
iban quedando en la entrada de la casa. Pareciera que me mirara de reojo,
siempre ubicando su cuerpo de perfil en relación a mi posición. Creo que nunca
encaró de frente, me hace acordar a ciertas personas.
Recuerdo que hace un par de años, me cogí una pendeja
a no muchos kilómetros de acá. Creo que si me la encontrara en este momento no
podría hacer otra cosa más que violarla. Ni siquiera podría hablarle antes. A
pesar de venirme a la cabeza este recuerdo, no podría hacerme la paja. La
imaginación no es suficiente para mí…
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